


Daniel Goleman, reconocido autor de La inteligencia emocional, visitó Buenos Aires antes de la pandemia. Durante su exposición reafirmó una idea esencial y profundamente vinculada a un principio espiritual. Sostuvo que quienes triunfan en la vida no son necesariamente los más brillantes, ni quienes acumulan títulos, ni los más elocuentes, cultos o divertidos. Señaló que las personas exitosas se distinguen por el dominio propio. Este atributo permite dirigir las emociones, orientar el carácter y actuar con madurez en circunstancias difíciles. Además, el dominio propio regula la manera en que respondemos al entorno y fortalece la capacidad de sostener decisiones sabias. Según esta perspectiva, el enemigo más desafiante suele ser el yo interior. La lucha interna entre deseos, impulsos y responsabilidad puede definir el destino de una persona.
Asimismo, la Biblia confirma este valor y lo llama templanza. Se presenta como un fruto del Espíritu Santo, una virtud que se cultiva mediante disciplina y constancia. La Escritura enseña que la disciplina resulta dolorosa en el momento, aunque más tarde produce paz y justicia en quienes la practican. Hebreos 12:11 lo expresa con claridad. En este sentido, conquistar el dominio propio no implica reprimir la vida, sino orientar la energía hacia decisiones alineadas con la fe, el propósito y el amor. Cuando los deseos desordenados gobiernan, la vida se vuelve inestable. Sin embargo, cuando el corazón recibe dirección interior, la persona crece con firmeza. La templanza protege relaciones, favorece la sanidad emocional y sostiene un carácter sólido.
Conviene reflexionar sobre la manera en que se expresa el dominio propio en situaciones cotidianas. Muchas reacciones impulsivas nacen de emociones desbordadas. Entonces, la pregunta toma fuerza: ¿cómo está el dominio propio en su vida? Existen momentos en que una palabra impaciente hiere profundamente. También pueden surgir conflictos en pareja cuando una diferencia de opinión se vuelve una disputa innecesaria.
«Tener dominio propio significa reconocer el momento oportuno para hablar y para callar».
También implica ceder en el orgullo para preservar la armonía. La verdadera grandeza aparece cuando la razón no se impone con violencia, sino con serenidad.
Además, el dominio propio fortalece la capacidad de resistir impulsos destructivos. Elegir caminos saludables cuando surge una tentación demuestra crecimiento espiritual. Por eso, la excusa “soy así” pierde validez frente a la obra transformadora de Cristo. La fe enseña que la gracia renueva la naturaleza humana, incluso aquello que parecía imposible de cambiar. Proverbios 14:17 advierte que quien se enoja fácilmente actúa con imprudencia. Por otro lado, Gálatas 5:22 recuerda que la templanza yace en el corazón como semilla divina lista para crecer. Cada creyente tiene la misión de cultivar esa semilla mediante oración, práctica consciente y sensibilidad espiritual.
Finalmente, el apóstol Pablo afirma en 1 Corintios 9:25 que los atletas entrenan para obtener coronas temporales; en cambio, quienes ejercitan el dominio propio reciben una recompensa eterna.
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR
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