


Como seres humanos, vivimos expuestos a la vulnerabilidad, a la duda y a los desafíos de la conciencia. Millones de cristianos enfrentan esta lucha cada día, no solo de manera interior, sino también bajo persecución abierta.
Las encuestas internacionales de Puertas Abiertas, realizadas en más de 70 países, revelan una realidad alarmante: más de 340 millones de cristianos sufren persecución o discriminación por su fe. En la Lista Mundial de Persecución 2021 (LMP), los casos aumentaron un 30% respecto al año anterior.
Esto significa que, en promedio mundial, uno de cada ocho cristianos enfrenta presión o violencia por causa de su fe. En África, la proporción sube a uno de cada seis; en Asia, dos de cada cinco; y en América Latina, uno de cada doce. Estas cifras retratan una tendencia creciente que exige atención, acción y oración constante.
El número total de cristianos asesinados por su fe también creció de manera preocupante. En la LMP 2020 se registraron 2.983 muertes, mientras que en la LMP 2021 la cifra aumentó a 4.761. Esto representa un incremento del 60%, con una concentración del 91% de los asesinatos en África y un 8% en Asia.
Más allá de las estadísticas, detrás de cada número hay una vida, una familia, una comunidad de fe que sufre en silencio. Las cifras no reflejan el dolor, el miedo ni la esperanza que cada seguidor de Jesús experimenta individualmente. Cada historia es un testimonio de resistencia, amor y fidelidad. Estas personas viven su fe con un valor que desafía la opresión y recuerdan al mundo el poder de creer incluso en medio del sufrimiento.
Ante esta realidad, la misión de apoyar y animar a los cristianos perseguidos se vuelve indispensable y urgente. Cada día, más creyentes necesitan acompañamiento, recursos y oración. La fe en Cristo, que ha causado tantas dificultades a lo largo de la historia, sigue siendo también la fuente de fortaleza y esperanza.
A través de esa misma fe, nuestros hermanos y hermanas perseguidos encuentran las herramientas para enfrentar la adversidad, resistir el odio y transformar las realidades más duras en testimonios de vida. Su ejemplo recuerda que el Evangelio no se detiene ante la violencia ni el miedo; por el contrario, crece en los lugares donde más se intenta silenciarlo.
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR
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