


Agradezco a Dios cada día por haber nacido y vivido mis primeros dieciocho años en Laguna Paiva, un pequeño pueblo de Santa Fe, Argentina.
Allí crecí rodeado de sencillez, de valores nobles y de una felicidad sin precio.
Aprendí que las mayores riquezas de la vida son gratuitas: las calles de tierra, la rayuela en la vereda y la pelota de trapo en los baldíos.
También recuerdo con ternura las tardes de caza inocente, los barriletes que subían al cielo y la leche compartida en la casa del amigo.
Cada experiencia formó en mí la certeza de que la alegría verdadera no se compra.
Esa infancia moldeó mi carácter y mi manera de ver el mundo.
Por eso, cada vez que pienso en Laguna Paiva, siento que mi corazón vuelve a sus raíces, donde aprendí que lo simple es lo más grande.
Con el paso de los años comprendí que las cosas simples siguen dando sentido a la vida.
Hoy experimento gratitud al buscar a mis nietas a la salida de la escuela, un gesto cotidiano que me llena de ternura.
Disfruto los mates con menta a las cinco de la tarde junto a Hilda, porque cada sorbo encierra compañía y amor.
Siento alegría al caminar hasta las casas de mis tres hijas para abrazarlas, sin apuro y con el corazón en paz.
Celebro los seis meses de Brunita, un pimpollito de vida que trajo luz al hogar.
Y sonrío al pensar en mis tres yernos, hombres buenos que enriquecen la familia.
Cada instante me recuerda que la felicidad auténtica habita en lo cotidiano, en los vínculos, en el tiempo compartido sin pretensiones.
Nada se compara con la sensación de regresar a casa, abrir un libro y descansar en silencio.
Ese momento de calma representa el fruto de haber aprendido a no complicar la vida.
Entendí que la verdadera sabiduría consiste en simplificar, porque —como dijo alguien— es fácil hacer lo simple complicado, pero difícil hacer lo complicado sencillo.
Vivir sin envidias, sin competencias ni comparaciones, libera el alma.
Cada día agradezco haber recibido el don de la fe en Cristo, fuente de plenitud y serenidad.
Esa certeza me enseña que, al tenerlo a Él, no existe pobreza posible.
Cristo llena todos los vacíos y convierte la vida común en una bendición continua.
Así, entre lo cotidiano y lo eterno, encuentro el equilibrio que da sentido a cada jornada.
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR
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