


Hace algunos años decidí analizar qué características diferenciaban a los cristianos que más me impactaban por su unción. Como director del diario El Puente, conocí hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo, personas luminosas y con un impacto profundo en la sociedad.
Me inquietaba descubrir qué los hacía tan distintos. Así que hablé con muchos de ellos, observé su forma de vivir, los escuché con atención y registré todo lo que veía y aprendía. Luego compartí los resultados de ese análisis en distintos lugares del país, invitando a otros creyentes a imitar su compromiso con el Señor.
Pronto descubrí que todos compartían ciertos rasgos comunes: eran personas de oración constante, profundo conocimiento bíblico y vidas íntegras. Su fe no era teoría, sino práctica diaria.
Sus palabras, sus gestos y su manera de vivir transmitían una autoridad espiritual que no se imponía con gritos, sino con coherencia y humildad.
Una de las primeras cosas que observé en estos cristianos llenos de Dios fue que su palabra tenía poder. No me refiero a los que gritan con fuerza para expulsar demonios, sino a los que hablan con autoridad espiritual verdadera.
El poder de su palabra no depende del volumen, sino de su vida interior. Algunos hablaban muy bajo, pero sus palabras edificaban, restauraban y hacían temblar las tinieblas.
Comprendí entonces que tener una palabra poderosa no significa tener buena dicción o una voz imponente, sino poseer la “estatura de Cristo”. Esa semejanza con el Señor es lo que coloca dinamita espiritual en los labios de una persona.
Estos hombres y mujeres predicaban con unción porque su vida era su mejor mensaje. Vivían lo que enseñaban. Predicaban no desde la elocuencia, sino desde la autenticidad de una vida transformada por el Espíritu Santo.
A lo largo del análisis, noté que varios de estos “grandes siervos” no tenían facilidad de palabra ni vocabulario abundante. Sin embargo, su mensaje tenía fuerza, profundidad y verdad.
Muchos creyentes creen que si no hablan bien, no pueden servir a Dios con efectividad. Esa mentira los paraliza. Pero basta mirar la Biblia para ver lo contrario: Dios no busca oradores perfectos, sino corazones sinceros.
El apóstol Pablo lo resumió claramente: “El Reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Corintios 4:20).
Los verdaderos siervos no impresionan con discursos, sino con vidas que reflejan al Espíritu. El Reino no se sostiene con frases bonitas, sino con hechos concretos de amor, obediencia y fe.
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR
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