


Cada domingo, muchos creyentes comentan con entusiasmo que la reunión en la iglesia fue gloriosa, que el mensaje los bendijo y que las alabanzas fluyeron con unción.
Celebran la presencia palpable de Dios y el gozo de estar juntos en adoración.
Todo eso tiene gran valor espiritual, pero no basta.
Dios no diseñó su iglesia solo para vivir experiencias emotivas cada semana.
Él la concibió como una comunidad activa, habitada por hombres y mujeres que desean ir más lejos.
El propósito divino siempre apuntó más alto que las buenas reuniones: buscó formar discípulos que impacten su entorno y reflejen su Reino fuera del templo.
El Señor nunca quiso que sus seguidores se gozaran solo dentro de cuatro paredes y volvieran a ser personas comunes al salir.
Su llamado es a vivir un cristianismo dinámico, transformador y visible en la vida cotidiana.
Dios no fundó una religión para agrupar a una minoría inofensiva, sino para levantar una generación de hombres y mujeres valientes que lleven su poder al mundo real.
Él busca cristianos que avancen más allá de su propia salvación, que transformen su fe en acción y que conviertan las palabras en hechos visibles.
El siglo XXI exige testigos auténticos.
La gente de hoy está cansada de los discursos religiosos; quiere ver resultados concretos, quiere comprobar que la fe tiene poder para cambiar vidas.
El mundo necesita ver en el cristianismo una fuerza capaz de aliviar el dolor humano, sanar heridas emocionales y ofrecer esperanza en medio de la dificultad.
La fe verdadera no se cuenta, se demuestra.
Cuando el creyente encarna el mensaje, el evangelio se vuelve tangible, y el nombre de Cristo cobra vida en cada obra de amor.
Debemos convencernos de que nadie se interesa por una fe inefectiva, una fe que solo se relata pero que no muestra frutos.
Mucha gente percibe a los cristianos como una minoría amable e inofensiva, un grupo de “buenas personas” que no hacen daño a nadie.
Pero la realidad espiritual es otra.
El pueblo de Dios porta un poder inmutable, capaz de transformar tragedias en victorias.
Ese poder cambia la tristeza en gozo, rescata al caído y restaura al que ha fracasado.
El Evangelio no perdió su fuerza, solo necesita creyentes que lo vivan sin miedo.
Cuando la iglesia despierta y actúa, el mundo reconoce que Cristo sigue obrando con autoridad y misericordia.
No debemos permitir que una actitud temerosa reduzca a nuestro Dios a un “diosito” débil.
Servimos al Dios grande, poderoso y vivo, que obra hoy con el mismo poder con que obró en el principio.
Marcelo Laffitte es licenciado en Periodismo y posee una Maestría en Teología.
En 1985 fundó en Argentina el periódico El Puente y creó M. Laffitte Ediciones, dedicada a publicar libros de nuevos autores.
En 2001 fundó el Instituto Cristiano Internacional (ICI).
Vive en Buenos Aires, está casado y es padre de tres hijas y abuelo de tres nietas.
Su labor combina comunicación, fe y enseñanza, impulsando a los creyentes a vivir un cristianismo activo, coherente y transformador.
REDACCIÓN REVISTA EL ORADOR
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